En la segunda mitad del siglo XX, un médico austríaco, Gottfried Hertzka, quien de joven había leído sobre la monja alemana Hildegarda de Bingen, debido a la escasez de medicamentos tras la posguerra mundial, recurrió a los sencillos remedios hildegardianos con impresionante eficacia. Así fue como empezó a nacer un enorme interés por la medicina y la nutrición descrita en sus obras por Hildegarda de Bingen.
Esta monja del siglo XII, convertida en santa y en doctora de la Iglesia por Benedicto XVI, cambió la historia y se adelantó a su tiempo, siendo brillante en campos como la medicina, la nutrición, la música o la lingüística. Lo más impactante es que no era una persona culta. Su información provenía de la “luz viva”, en palabras de Hildegarda de Bingen, una luz que le mostraba información y una voz que le explicaba lo que aparecía en esa luz.
Hildegarda de Bingen tenía estos contactos desde los 3 años de edad, aunque fue pasados los cuarenta cuando tuvo la visión definitiva, un trance en el que la luz viva le ordenó escribir todo lo que viera y escuchara. Redactar la información que había aprendido le llevó varias décadas y sus obras han llegado a nuestro tiempo impactando por muchos de los contenidos, ya que esta monja describe con palabras sencillas detalles científicos que solo se conocieron a partir del siglo XX, como por ejemplo la fotosíntesis o la existencia de microorganismos.
Ella fue la primera mujer en describir el orgasmo femenino; la primera en fundar monasterios estrictamente femeninos y con total independencia de los masculinos. A ella se le debe la primera lengua artificial de la historia (una lengua que le enseñó la luz viva) e incluso la cerveza tal y como la conocemos hoy día, al describir los beneficios y el tratamiento del lúpulo en su obra Physica.
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